Policía, yo te pago el sueldo

Manifestante gritando a policía en Nueva York. Fotografía: Stephanie Keith

¿Cuántas veces hemos escuchado esa afirmación? Normalmente, el autor es aquel, que bajo el vago intento de autocomplacerse, cree firmemente que ese, al que está dirigiendo su supuesta verdad, es su siervo. Normalmente, el creador de la frase, es el mismo que, con su retórica de bar, cambia el mundo habido y por haber junto con más energúmenos de su especie. Sí, suele ser aquel que disponiendo de poca razón en sus argumentos, se escuda en una verdad (la de que el funcionario cobra del Estado), para querer hacer creer, ya no al policía que recibe la frase, sino a él mismo, que el sueldo del servidor público sale de su bolsillo. Íntegro. Con pagas extras incluidas. Y que dada esa verdad, debe hablarle como mínimo, como aquel que le permite respirar.

El pasado día 25 de diciembre me encontraba en Barcelona.
Repetimos, 25 de diciembre. Navidad, por si alguien no se había percatado de la fecha. Ese día, donde la gente está con la familia, abre regalos del señor barbudo que popularizó Coca Cola y que, quien más quien menos, le araña las máximas horas al edredón mientras su estómago pugna por hacer la digestión de la reciente cena, ese día, estaba sentado en una terraza de la Rambla de Cataluña.

El hecho de remarcar el día, no es para que sientas aflicción por mí, de hecho, la compañía de mi café me era más que grata. Era porque a escasos metros de donde me encontraba, había dos furgones de policía. Oscuros y con rejas. Mossos d’Esquadra ponía en los laterales. Brigada Móvil en su parte posterior. Varios agentes ataviados con botas, boina militar y fusiles hacían guardia y patrullaje alrededor de los vehículos. La imagen se ha convertido en normal desde los diferentes atentados cerca de nuestra casa.

Bajo la imagen de respeto que infundían los agentes que allí se encontraban, pude ver como varias personas se acercaban a ellos. Unos a preguntar por calles, otros por cajeros de una u otra entidad bancaria. Algunos porque no encontraban su hotel y otros, los más osados, para solicitar una fotografía. Pero lo que realmente me sorprendió, fue el gran número de personas que se acercaron a ellos solo para dar las gracias por su trabajo. Para felicitarles la Navidad.

Algo está cambiando. Quizás el miedo. Puede ser. El hecho de ver que un atentado terrorista es más que probable en nuestra casa, ha hecho que las personas se quiten tonterías de la cabeza. Quizás el miedo hace entrar en razón, pensé. Quizás la gente tiene claro, aunque sea por temor a un atentando, que los buenos son esos. Que ese con chaleco antibalas y un fusil, es el que le va a salvar.

Pero quizás no es el miedo. Quizás, y ojalá sea así, los ciudadanos ven en esos hombres y mujeres lo que son. Policías. Que están para servir, pero no para ser siervos de nadie. Que te ayudarán si lo precisas, pero serán implacables si delinques. Quizás, se hayan percatado de que bajo ese uniforme hay personas, con familias, casas y problemas. Como todos. Quizás se hayan dado cuenta que, para dejar a tus seres queridos en casa el día de Navidad y servir a otros, hay que estar hecho de otra pasta. ¿Tú podrías? Piénsalo.

Absorto en mis pensamientos y escribiendo las primeras líneas de lo que ahora estás leyendo, pude comprobar que la estadística, una vez más, se hace oír. Y es que entre tanta gente que pasó, algún imbécil tenia que aparecer. No lo digo yo, lo dicen los números. Las matemáticas siempre dicen la verdad.

Bajo mi atónita mirada, que contrastaba con la indiferencia del policía, pude comprobar como una señora recriminaba a uno de los agentes (de no muy buenas formas) la posición de las furgonetas. Esta queja, venía motivada según ella, porque no se podría pasar en el caso de sufrir un atentando terrorista. Debo decirte amigo mío, que hablamos de una acera no transitable de treinta metros de ancho. Entenderás el sinsentido. Pero por otro lado, me sorprendió lo osado de la exigencia, en su contenido y en su forma. Exigencia que, dada la actitud del agente, haciendo caso omiso, se transformó en una serie de recriminaciones a la policía. En general. Hasta que el destinatario de la ira de la señora, con un temple que ya he solicitado en mi carta a los Reyes Magos, le invitó a marcharse. Momento en el que la experta en seguridad nacional aprovechó para insultar y recordar aquello con lo que he iniciado este artículo: “Yo te pago el sueldo”.

Como me hubiera gustado poder hablar por boca de aquel policía. Comentarle a la señora que él le paga la pensión, si nos ponemos a hablar en el mismo idioma. O que si le paga el sueldo, ya podría estirarse y pagar un poco más. O… Como dice un buen amigo mío; la ignorancia es muy atrevida.

Lo que más me molestó fue que, casi con toda seguridad, esa señora enturbió el momento. Fue como esa nube que tapa el sol en un día radiante. Estoy convencido de que, los comentarios sin sentido de la tristemente protagonista del momento, eclipsaron las felicitaciones del resto de ciudadanos. A lo mejor me equivoco. Pero tendemos a recordar más lo malo que lo bueno. El mundo es así, unos pocos necios que hacen mucho ruido. Solo añadir una cosa más, sí, a ese momento en el que me hubiera gustado usar al policía como si de un ventrílocuo y su muñeco se tratara:

Señora, a veces vale más callar y parecer tonto, que abrir la boca y demostrar que se es.

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